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Se encuentra a la venta el nuevo libro de Rodolfo Sala "Los Vicepresidentes".
 

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Propósitos de Historia con Opinión

Con la construcción de este sitio nos hemos propuesto aportar a la historiografía opiniones sobre los hechos y personajes que han contribuido a la conformación de un país que comenzó con la institucionalización, en un proceso de engrandecimiento y que con el correr del tiempo ha dejado de tener el protagonismo que hacía presumir aquellos años venturosos de principio del siglo XX.

Estos conceptos no significan una ideología sino una verdad incontrastable surgida del simple análisis de las estadísticas y de la valoración de los personajes que posibilitaron una Argentina creciendo en el concierto internacional.

Las Provincias Unidas adolecieron de grandes desencuentros, protagonizados por dirigentes que pertenecían a distintas corrientes de pensamiento: unas que sostenían las libertades individuales sobre la omnipotencia del estado, como lo definiera años más tarde Alberdi, y otras, que creían que el estado omnipotente debía conducir todos los actos de las actividades políticas, culturales, sociales y económicas. Este último concepto evidentemente tenía mayores adeptos porque era la herencia hispánica, de la cual la mayoría abrumadora, era descendiente. Mientras Moreno agitaba en su mano “El Contrato Social” de Jean Jacques Rousseau, sus propios compañeros de los ideales de independencia continuaban con las políticas hispánicas heredadas.

Cada caudillo lugareño se transformó en monarca en su propia región o provincia, desentendiéndose de la constitución de una gran nación con el aporte de los estados provinciales. Como el enfrentamiento entre los propios jefes provinciales sugería pérdida de seguridad en un posible cambio, los habitantes, bajo la influencia de su caudillo, les otorgaban la suma del poder público con tal de que los protegiesen. Esta práctica conformó entre los caudillos y los acaudillados una suerte de bastión en la región y conspiraba para la formación de una nación.

Sin embargo, con el correr de los años, recibiendo experiencias externas y de la práctica de las propias, comenzaron algunos entendimientos cuya resultante fueron los pactos provinciales que sirvieron como instrumentos preexistentes para una Constitución Nacional. Pero en muchos casos, esa propuesta de unión nacional fue producto de la imposición y no del convencimiento que una nación unida, con una capital representativa, sin que ésta obtuviera ventajas sobre las otras provincias, abierta al mundo, comerciando libremente con el resto de las naciones, le iba a reportar a la nación ventajas como no tendrían el resto de los países de la América del Sur.

Por el influjo del país del Norte se llegó a que la Nación Argentina pudiera darse una Constitución liberal pero con gobierno centralista y autoritario. Aún más, porque en aquella confederación no se incluyeron en su Constitución los principios de la Revolución Francesa y en la nuestra sí.

Pero más allá de aquellos principios insertos en la Carta Magna, Buenos Aires se constituyó en el centro del universo argentino y era quien decidía sobre las economías y libertades de las provincias, explotando los beneficios del puerto que no eran de Buenos Aires sino de la Nación Argentina.
Nuestro país había adoptado un sistema democrático en donde la sociedad se regía por el voto popular de las mayorías, pero se desentendió de los derechos de las minorías. En otros países en donde la participación del pueblo es quien gobierna indirectamente y aún en sistemas monárquicos, se crearon instituciones para defender el derecho de las minorías, que las mayorías pretendían imponer con el argumento que quien gana son más y les asiste el derecho a imponer todos sus mandamientos. Esto es lo contrario de lo que ocurrió en los Estados Unidos que diseñó un sistema político-judicial para controlar los excesos de las mayorías. Estos tribunales ajenos al voto popular y constituidos por pocas personas se encargan del cumplimiento del espíritu constitucional, de equilibrar los poderes y limitar los excesos dictatoriales de las mayorías. Tal vez la mayor garantía de una democracia republicana y representativa esté dada por el respeto institucional a las minorías.

La incursión de grandes cantidades de inmigrantes europeos, que si bien no desentonaban con la cultura de los habitantes del Río de la Plata y su radicación constituían políticas de estado que habían definido perfectamente Alberdi y los gobiernos nacionales de la época, trajo aparejado al mismo tiempo conflictos educacionales, ocupacionales y políticos. Muchos de los inmigrantes ya venían con conceptos políticos e ideológicos, producto de culturas antiguas ya formadas que colisionaban con la nuestra, que era muy joven y en proceso de cimentación.

Ese individualismo regional e ideológico se fue acrecentando a medida que el estado omnipotente avanzaba sobre los derechos de propiedad y de las personas en todas sus formas. Esa anulación de derechos produjo en los habitantes una reacción contraria a las políticas implementadas desde el estado, muchas veces sin considerar la bondad de ellas. Al mismo tiempo, la clase dirigente se colocó en un plano superior diferente y el conflicto comenzó a tomar el calor del enfrentamiento. Un tercer factor de poder también incursionó en la política, pero ya con la fuerza de las armas, y las bondades de la Carta Magna pasaron a segundo plano. La educación patriótica de 1908 había hecho estragos en la estabilidad institucional. Y así se sucedieron ininterrumpidamente los gobiernos fraudulentos, los golpes de  estado y las dictaduras civiles y militares.

El análisis que nos proponemos hacer desde este sitio va a defender el respeto a las leyes y a la Constitución Nacional sin distingo de banderías.

Hoy, tal vez, más que nunca, es necesario que los grandes partidos hagan un acto de arrepentimiento sobre los errores que se cometieron en el pasado, lo cual no implica que pretendamos lo hagan por sus gestiones de gobierno, sino por la falta de consideración a la Ley Suprema de la Nación. Desde 1874, con la revolución de Mitre y pasando por 1880 con la revolución tejedorista, por  1890, 1893 y 1905 con los golpes de estado liderados por los radicales, todos desdeñaron la intangibilidad de la Constitución con el objetivo de lograr elecciones limpias.

Se debiera reconocer que los golpes militares de 1930 y 1943 dieron rienda suelta a una sucesión de golpes de estado que han conducido a la Nación por el camino de la bancarrota institucional.
Esta sucesión de desinteligencias que la Argentina ha debido afrontar está conduciendo a nuestra nación por la peor de las crisis que es la falta de educación primaria, origen y principio de todos los males que aquejan al país y que se acrecientan geométricamente, o para ser más gráficos, es como una bola de nieve cuyo resultado es la falta de institucionalidad, la inseguridad y como mayor flagelo: la miseria y el hambre del pueblo.

Rodolfo Sala
Director de Historia con Opinión
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