::. HISTORIA CON OPINION .::

  • Full Screen
  • Wide Screen
  • Narrow Screen
  • Increase font size
  • Default font size
  • Decrease font size

"La civilización política de
un país está representada por
la seguridad que disfrutan
sus habitantes y la barbarie
consiste en la inseguridad".

Juan Bautista Alberdi  "Palabras de un ausente"

HISTORIA CON OPINION, Bienvenidos!!
E-mail Imprimir PDF

 

Adolfo Alsina

 

“Se sentía el silencio angustioso de sus amigos,
los  porteños irreconciliables que escuchaban con la mano en el cinto,

la arenga de su paladín, dispuestos a matar”

OCTAVIO R. AMADEO

Por Rodolfo Sala

(de su libro "Los Vicepresidentes"

I

En la política argentina, en los tiempos de Alsina, el orador sutil, sagaz, tenía asegurado su futuro conduciendo masas, obteniendo diputaciones y senadurías y hasta presidencias. Este es el caso del doctor Adolfo Alsina Maza. Era un tribuno de la plebe, con su gran ademán, su vozarrón y su mirada profunda. Lo describen al caudillo: de fuerte contextura, alto, de abundante melena, canosa y barba en candado. Su nariz era grande, de ojos medianos y cejas caídas.

 

El caudillo pandillero, ídolo de gauchos, orilleros y compadres, fue nexo entre dos épocas. Fue un inmenso conductor que excedió los límites de un Buenos Aires que necesitaba de ese tipo de caudillo, acostumbrada a que sus gobernantes hicieran marcar el paso, a que se le dijera lo que quería que le dijeran. Fue líder y aliado de los más grandes de su época, ocupando varios cargos de notable jerarquía, pero, sin embargo, no pudo acceder a sus postulaciones como candidato a presidente de la República. Tal vez el momento oportuno lo dejó pasar, sin pensar que la muerte lo acecharía tan joven.

Hijo del feroz enemigo de Mitre, Valentín Alsina, y de Antonia Maza, hija de Manuel Vicente Maza, nació en Buenos Aires el 14 de enero de 1829. Era Adolfo Alsina, quien a la edad de seis años acompañó a sus padres a Montevideo, que buscaban asilo político y sumarse a la emigración argentina.

Este cambio se produce cuando Juan Manuel de Rosas asume por segunda vez, en 1835, la gobernación de Buenos Aires. Don Manuel Vicente Maza fue gobernador de Buenos Aires desde el 27 de junio de 1834 hasta el 7 de marzo de 1835.

Del núcleo familiar asilado en el Uruguay, Miguel Ángel De Marco hace una descripción: “Su padre, siempre grave, siempre vestido de negro, «de luto por la patria», según se dijo alguna vez, le insufló ese desmesurado amor por Buenos Aires que lo llevó a encabezar por años el Partido Autonomista”. “Don Valentín era un unitario convencido y militante. Como otros argentinos, aquel profesor de derecho natural y antiguo diputado ante la legislatura de Buenos Aires, se embarcó subrepticiamente hacia "la Banda Oriental", como se la llamaba con nostalgia aunque hubiera obtenido la independencia. Adolfo, que había comenzado estudios en su ciudad natal, los prosiguió en la no menos agitada tierra de Artigas. Cuando las tropas del general Manuel Oribe pusieron sitio a Montevideo, el joven dejó los libros y comenzó a trabajar en una barraca para ganar el sustento”.

Después de Caseros la familia volvió a Buenos Aires y el futuro caudillo retomó al estudio. En el partido que había abrazado su padre se pusieron enfrente a Urquiza. Junto a otros jóvenes participaba de la Logia “Juan-Juan”, cuyo propósito era asesinar al jefe entrerriano, pero su padre, al enterarse, lo reprendió duramente.

Adolfo Alsina comienza a madurar y a encarar la política desde los grandes fines de la Nación en formación, volcándose decididamente en el sector de los pandilleros, una de las fracciones en las que se dividieron los vencedores de Caseros, enfrentado al grupo de los chupandinos en el cual se hicieron fuertes los militantes federales En Buenos Aires concluyó sus estudios en jurisprudencia y obtuvo el título merced a la tesis doctoral de “Pena de muerte por homicidio”, obteniendo el lauro de doctor.

Alsina era un amante de su provincia y de su ciudad, por ello, más allá de sus posiciones políticas, tomó las armas para combatir en Cepeda contra la Confederación. En Pavón (17 de septiembre de 1861), con el grado de coronel, se desempeñó como jefe de la octava brigada de reserva. Antes de esta última participación bélica, luego del Pacto de Unión Nacional, el 11 de noviembre de 1859, que alejó a su padre del gobierno porteño, a pedido de la Confederación, fue miembro de la Convención ad hoc que reformó la Constitucional Nacional en 1860. En esta reforma de veintidós puntos referidos al artículo tercero, de residencia de la autoridad nacional, que era la ciudad de Buenos Aires, comenzaba a perfilarse el gran debate sobre la federalización, en donde tuvo participación destacada el doctor Adolfo Alsina. La reforma, en lo referente a la residencia de las autoridades nacionales, provenía del Pacto de San José de Flores y debía declararse la ciudad capital por una ley nacional, previa cesión “hecha por una de las legislaturas provinciales, del territorio que haya de federalizarse”. Atento a esta necesidad y dar cumplimiento a la constitución, Mitre envía, el 20 de agosto de 1862, un proyecto de ley por la cual se federalizaba la provincia de Buenos Aires y sede del gobierno o capital a la ciudad de Buenos Aires.

Alsina que había sido elegido diputado, cuando en el Congreso se tratan las federalizaciones de la provincia y la ciudad de Buenos Aires, provoca la división del Partido Unitario y funda el Partido Autonomista, arrastrando consigo todos aquellos que estaban en contra de la ley de federalización. Tribuno temible para sus adversarios, enardecía a la multitud con su aire de compadrón y su encendido discurso. En los debates sobre la federalización de Buenos Aires, Octavio R. Amadeo, en Vidas Argentinas, retrata al orador: “De frases largas y soldadescas, de respiración profunda y coraje retenido, allí estaba entero el tribuno de la plebe, con su gran ademán; la barba y la melena sacudidas por la tempestad que venía de la barra, de aquella barra bravísima recién llegada de los combates. Su voz huracanada y sentenciosa, infatuada de convicción insolente, arrojaba como piedras sus apóstrofes de doctor y de soldado. Se sentía el silencio angustioso de sus amigos, los porteños irreconciliables que escuchaban con la mano en el cinto, la arenga de su paladín, dispuestos a matar”

Roca dice, por la pluma de Félix Luna en “Soy Roca”: “La mayoría de los oficiales porteños eran alsinistas. Nos hablaban de su jefe con una admiración que parecía corresponder a una personalidad extraordinaria, un semidiós dotado de todas las cualidades inimaginables. Será por eso que cuando conocí a Adolfo Alsina, quedé muy decepcionado: fuera de su vozarrón de orador profesional y de su incansable actividad, no vi nada notable en el ídolo de los jóvenes porteños”. Su voz de trueno se hizo sentir desde todos los confines de la República. Sus discursos distaban de ser elocuentes y conceptuosos, eran arengas de soldado que enardecían los corazones de la barra y llenaban de orgullo el sentimiento porteño.

Dice Caldas Villar en su “Nueva Historia Argentina” que: “... la legislatura porteña rechazó la proposición, dividió al partido gobernante entre crudos y cocidos –los primeros respondían al autonomismo de Alsina, hijo de Valentín, y los segundos al nacionalismo del presidente de la Nación –, e hizo perder ante la opinión pública el ascendiente de Mitre”.

En 1866 Alsina es electo gobernador de la Provincia de Buenos Aires y al año conforma una alianza con los gobernadores de Córdoba y Santa Fe y el apoyo de Urquiza, precaria por cierto, como trampolín para el lanzamiento de su candidatura a presidente. Enfrente estaban los nacionalistas que propiciaban a Rufino de Elizalde, ministro de Relaciones Exteriores de Mitre, pero la falta de respuesta en el resto del país lo conduce a retirarla. Don Adolfo inaugura una racha fatal para los ex gobernadores de la provincia de Buenos Aires que no pudieron ser presidentes de la república.

Alsina produjo un episodio que significa, probablemente, el inicio de un estilo nacional de considerar al gaucho marginal y pobre, que se hizo violento, “pero altamente expresivo del entramado social que lo acompaña”2; condecora en una ceremonia oficial, de la gobernación, al legendario gaucho Juan Moreira con una daga con empuñadura de plata. A este modelo de personajes desinteresados por el respeto a la ley, José Ignacio García Hamilton en su libro “Por qué crecen los países”, hace un análisis de arquetipos tan particulares, refiriéndose a “Martín Fierro”, como un fenómeno cultural.

Paul Groussac lo retrata de este modo: “Alto, musculoso, de facciones enérgicas y modales sueltos, el hijo algo desbaratado del pulcro don Valentín (uno de mis predecesores en la Biblioteca, a quien alcancé a conocer como presidente del Senado Nacional) tan poco se parecía a su padre en lo moral como en lo físico –dejada aparte, se entiende, la característica de talento y caballerosidad que en ambos resplandecían –. Toda la sustancia virtuosa que en el proscrito de Rosas fue honradez y clara razón, tal vez algo pasiva, resultaba en el descendiente –acaso por herencia materna de Antonia Maza, hija y hermana espartana de víctimas ilustres –, intrepidez varonil y arrojo impulsivo, no desprovisto, por cierto, de impulsiva habilidad. Como todos los grandes caudillos populares, Alsina aunaba en su actuación la iniciativa resuelta e impulsora que impone a los partidarios, con la llaneza cordial que les atrae y encadena.

En sus quince años de jefatura política supo mostrarse el más autoritario y eficaz, al par que el menos formalista y solemne de los conductores de hombres: el más indómito ante la resistencia irracional, a la vez que el más dócil casi siempre a la razón persuasiva. Acaso, para las nuevas generaciones que no conocieron al personaje ni están muy al tanto de sus actos e índole, pudiera resumirse grosso modo la figura y aun la figuración de Alsina diciendo que en ellas se amalgamaban, por mitad, las más modernas y familiares de Pellegrini y Alem, quienes, por otra parte, a la sombra de aquél y a favor de su triunfante candidatura a la gobernación de Buenos Aires, hicieron juntos las primeras armas”.

II

Como el general Justo José de Urquiza también lanza su candidatura, finalmente, ofrecida por Adolfo Alsina en nombre del autonomismo, el panorama político iba adquiriendo mayor complejidad. Es el coronel Lucio V. Mansilla, quien dio a conocer las ideas del ejército a favor de la candidatura de Sarmiento, quien carecía de partido, pero contaría con el gran elector que era el partido militar, que no era poco. La postulación de Alsina queda descalificada, contribuyendo en mucho a que esa candidatura no se concretara, una carta llamada “Carta de Teyú-Cué”, dirigida por Mitre a José María Gutiérrez, en donde se manifiesta en contra de las candidaturas de Adolfo Alsina y el general Urquiza. Pero resulta que en ese año de 1868 que estaba tan cargado de política, todos los candidatos que se postulaban tenían flaquezas de apoyo electoral: Mitre se había desgastado en el debate de la federalización y no podía imponer a Rufino de Elizalde con poca presencia en el interior, salvo La Rioja; Alsina tenía un fuerte apoyo en la capital dentro del autonomismo pero carecía de conocimiento para la gente del interior y tenía un adversario de fuste como era Mitre; por último quedaba Urquiza, con cuestionamiento en el interior y Buenos Aires. Así que resaltaba la candidatura de Sarmiento que, como figura catalizadora, era aceptada por todos los sectores y también los candidatos. Por otra parte, su ausencia del país en los últimos tres años, en los Estados Unidos, el desgaste de la política interna no lo habían tocado en demasía. El interior estaba lo suficientemente convulsionado para que el próximo presidente pudiese probar la firmeza de sus actos y convicciones. San Luis, San Juan, Mendoza y La Rioja tenían conflictos que perturbaban la política. También Entre Ríos, disconformes con Urquiza se agitaba. Las provincias de Santiago del Estero y Tucumán estaban tranquilas, tal vez por la condición de tucumano del vicepresidente anterior, según nos cuenta Aurora Mónica Sánchez. Resultado de todas estas circunstancias de la política interna, el binomio Sarmiento-Alsina fue consagrado presidente y vicepresidente de la Nación por el período 1868-1874. Domingo Faustino Sarmiento suma setenta y nueve electores sobre ciento treinta y uno válidos, y Adolfo Alsina por ochenta y tres electores. Los nuevos mandatarios asumieron el 12 de octubre de 1868.

Este histórico acontecimiento significaba el deterioro del mitrismo por un lado, y por otro, la división del unitarismo con la consolidación de Alsina en la política nacional. Sarmiento decía que Alsina había sido electo para tocar la campanilla del Senado por que él se creía indestructible. Lo cierto es que para el doctor Adolfo Alsina fue el tiempo más tranquilo en toda su carrera política. “Sarmiento no tenía un vicepresidente tucumano –dice Aurora Sánchez – (como Mitre), sino que era porteño, ni contaba con la fidelidad de los Taboada” Así que esas dos provincias también se insubordinaron. Pero nosotros decimos que contaba con jefes militares como Arredondo, Roca y Luis María Campos que, luego de intensa campaña, lograron pacificar el interior y permitirle gobernar al presidente con más tranquilidad.

III

En 1872 una vez más comenzó a mencionarse a Adolfo Alsina como candidato a ocupar la presidencia que se renovaría en un plazo de dos años. La función le permitía seguir consolidando el Partido Autonomista y urdir alianzas para la próxima confrontación del 74, para la cual se perfilaban, el propio Adolfo Alsina, Bartolomé Mitre, Carlos Tejedor y Nicolás Avellaneda. Las posibilidades de Carlos Tejedor, al tener poco predicamento en el interior y al no contar con el beneplácito de Sarmiento, aún siendo ministro de Relaciones Exteriores, eran relativamente pocas. De tal manera que los candidatos quedaban circunscriptos a Mitre, Alsina y Avellaneda. Mitre desde el Paraguay escribió aceptando la candidatura expresando que cualquiera que fuera el elegido era un deber cívico colaborar con el nuevo gobierno. Alsina, en su plataforma, ofrecía dar solución a la cuestión capital de la República, legislar el derecho de intervención, fijar definitivamente los límites interprovinciales, concluir con las ocupaciones militares, reorganizar el ejército, organizar las milicias provinciales, fomentar la educación primaria y organizar la instrucción pública superior, reformar la ley electoral, limitar el derecho del veto, para lo que propiciaba una reforma constitucional, y otras cuestiones referidas al desarrollo de la Nación. A la candidatura de Alsina habían adherido Leandro Alem, Carlos Pellegrini y Aristóbulo Del Valle. Y por último estaba Nicolás Avellaneda, ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, hijo de Marco Avellaneda, el mártir de Metan, que era quien contaba con el apoyo del presidente Sarmiento y toda la estructura gubernamental.

Adolfo Alsina y Nicolás Avellaneda renunciaron a sus respectivos cargos de vicepresidente y ministro, las que no fueron aceptadas, pero ante su insistencia se le aceptó a Avellaneda, al propio tiempo que ambos aceptaban la candidatura a presidente para las que habían sido propuestos.

En varias provincias, para enero de 1874, ya se había proclamado la candidatura de Avellaneda, aprovechando la exposición industrial de Córdoba, en donde varios gobernadores se comprometieron con el ex ministro a sostenerla. Las elecciones del 1º de febrero de 1874 habían sido fraudulentas pero no más que otras, pero Mitre las descalificó abiertamente y comenzó a tramar la revolución.

Los cómputos generales le favorecerían abiertamente a Avellaneda en perjuicio de Mitre y de Alsina. Ante esta situación y el reparo constitucional de reelección que tenía Alsina, éste decide retirar su candidatura y aunar fuerzas con Avellaneda y fundar el Partido Autonomista Nacional. El doctor Adolfo Alsina ocuparía el cargo en el Ministerio de la Guerra y, el segundo término de la fórmula presidencial el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Mariano Acosta. La declinación de Alsina fue reprochada acremente por Nicasio Oroño, que  malvendió un campo, para respaldar una candidatura que no cristalizó por cuestiones de orden constitucional. Ya Juan Bautista Alberdi se había manifestado sobre la cuestión en la interpretación constitucional sobre las reelecciones de presidente y vicepresidente. Decía Alberdi :“Urquiza podría ser sorprendido por algún falso constitucionalista, queriendo tratar de elegir a Carril como presidente, que ostentaba el cargo de vicepresidente. Porque taxativamente la Constitución nada dice que el vicepresidente no puede ser electo presidente, en el siguiente período. Solamente dice que los cargos mencionados no pueden ser reelectos al período siguiente. Pero está implícito en el texto constitucional que la fórmula presidencial es un todo a este efecto, pese a la diversidad de funciones que  ofrecen los cargos. Porque interpretándose mal el espíritu de la Constitución se podrían alternar y reelegirse hasta sus muertes. De modo que escribí confidencialmente a  Urquiza explicándole cómo era el mecanismo”.

Efectivamente, tal como se presumía, el 12 de abril de 1874, los colegios electorales eligieron a la fórmula Avellaneda-Acosta por ciento cuarenta y seis votos contra setenta y nueve de Mitre-Torrent.

A toda costa los perdedores querían impedir que la fórmula triunfante se hiciera cargo del gobierno e insistieron para que el general Mitre encabezara un movimiento cívico militar. En la revolución estaban comprometidos dos prestigiosos militares: el general José Miguel Arredondo y el general Ignacio Rivas.

El general Arredondo sublevó la guarnición de Villa Mercedes, haciéndose fuerte a la espera de los acontecimientos, que desde Buenos Aires debían producirse el 12 de octubre, fecha en que el nuevo gobierno asumiría, pero alertado por esa circunstancia asumió antes.

El ministro Alsina se había instalado en Rosario, para dirigir personalmente la represión y el reclutamiento de los hombres necesarios para resistir la sublevación.

El general Mitre, quien desembarcó en las costas del Tuyú, al Sur de la provincia de Buenos Aires, procedente de Montevideo completó el elenco revolucionario. Tanto éste como Arredondo y Rivas fueron vencidos por las fuerzas leales al mando de los coroneles Julio A. Roca, Luis M. Campos y José I. Arias. Cabe destacar el triunfo en Santa Rosa, en inferioridad de condiciones, que tuvo el coronel Roca sobre su amigo y compadre, el general Arredondo, merced a avances y retrocesos, lo que le valió el ascenso en el campo de batalla al grado de general a los treinta y uno años de edad.

IV

La creciente demanda de carne de los países europeos, en particular Inglaterra, requería de cupos de exportación mayores, para lo cual había que intensificar la producción y consecuentemente ganar territorios aptos para la ganadería, que estaban bajo el dominio de los indios.

Además, el Estado Argentino requería ampliar su soberanía sobre extensos territorios que estaban en poder de los jefes mapuches, quienes negociaban el producto de los malones con compradores chilenos que hacían pingues negocios y que al mismo tiempo alentaban esperanzas de posesión territorial. Esto requería políticas de estado bien definidas y planes de acción amplios, consensuados entre los ejecutivos que dictaban las políticas y los comandantes de frontera que conocían sus particularidades, por vivir en ella, y también la idiosincrasia del indio. En este aspecto de la cuestión fue donde se planteó la discrepancia entre el Ministro de la Guerra, doctor Adolfo Alsina y el general Julio A. Roca. Mientras Adolfo Alsina había diagramado la lucha contra los indígenas en el marco de la Provincia de Buenos Aires, siendo él Ministro de la Guerra de la Nación, el general Julio Roca pretendía una acción de una guerra ofensiva “extinguiéndolos y arrollándolos al otro lado del Río Negro, es el de la guerra ofensiva, que es el mismo seguido por Rosas, que casi concluyó con ellos”, le decía Roca a Alsina en un extenso informe, en el que fundamentaba la discrepancia con el ministro.

Dice Aurora Mónica Sánchez que los hechos le dieron la razón a Roca, sobre la negociación con los indios que propiciaba Alsina. Se había realizado en Azul un parlamento entre el ministro doctor Alsina y un grupo de caciques de la tribu de Juan José Catriel. Luego de haberse acordado, éste se sublevó en contra de las autoridades nacionales cuyas consecuencias costaron tantas vidas y riquezas. Sintetizando diremos lo que decía Roca claramente: “Alsina quería extender la frontera y yo pretendía que no hubiera frontera”. El plan de Roca de 1879, que es otra historia, es a grandes rasgos lo que le proponía a Alsina en 1875. Si el ministro Alsina hubiera aceptado el plan de Roca, la gloria que éste obtuvo más adelante, la hubiera tenido Alsina. Dice Sánchez en “Julio A. Roca”. La irreductible posición de Alsina se pone de manifiesto en la carta que le envía a Roca: “...estoy dispuesto a cargar con la responsabilidad de lo que suceda...” y concluía con una manifestación que era casi una velada amenaza. “...Considero inútil decir a usted... que éstas son también las ideas del Presidente de la República. Sin más, por ahora, su affmo. Amigo Adolfo Alsina”. Y Roca con una altísima concepción de la disciplina militar, le contesta: “... A pesar de mis opiniones particulares, debo hacerle presente que estoy dispuesto a cumplir con todo celo sus disposiciones...”

El proyecto que Alsina había concebido para extender las fronteras con el indio consistía en una línea de fortificaciones unidas por una zanja de 2 m de profundidad y 3 de anchura, y un parapeto de 1 m de alto por 4,50 m de ancho. Los trabajos duraron un año, desde 1876 hasta 1877 con 374 kms de zanja desde Italó, en el Sur de Córdoba, hasta Nueva Roma, paraje vecino a Bahía Blanca Alsina se encargó de dotar a los trabajos de una especial atención a los aspectos técnico y de infraestructura. En cada sector del trazado estaba destacado un ingeniero con todos los elementos científicos necesarios para hacer un replanteo del territorio que la zanja atravesaba. Alsina por esta afición se ganó el mote de “Dr. Teodolito”.

Tal como se lo había anticipado Roca el costo de la obra fue extremadamente costoso para la época. Estaba dirigida por el ingeniero francés Alfredo Ebelot y fueron creadas cinco divisiones para sendas columnas, a cuyos mandos estaban: el coronel Nicolás Levalle, el teniente coronel Salvador Maldonado, teniente coronel Marcelino Freyre, coronel Conrado Villegas y coronel Leopoldo Nelson.

La zanja incrementó a 56.000 km² la explotación ganadera, se conquistaron cinco pueblos nuevos; se extendió la red telegráfica a las comandancias militares de los pueblos de Guaminí, Carhué y Puan, recién fundados y se abrieron nuevos caminos.

Alsina estaba abocado, casi obsesivamente, a mantener viva la guerra contra el indio. Volvía de un viaje a la frontera, emprendido para revisar los progresos en la construcción de la Zanja, habiendo iniciado el periplo en octubre y al estar en Carhué se sintió con dolores de cabeza, insomnio y un malestar general. Se trataba sin duda de su antigua afección renal y al llegar a Buenos Aires, en los primeros días de diciembre, su estado mejoró y se lo dio por curado. Pero luego se agravó y falleció el 29 de diciembre de 1877. Su dolencia no era nueva. Ya en 1865 había viajado a Europa en busca de tratamiento. En Buenos Aires lo asistían dos relevantes médicos y profesores porteños: Mauricio González Catán y Manuel Aráuz. En su documentada obra, “La medicina en la campaña del desierto”, Antonio Alberto Guerrino traza un cuadro clínico del enfermo. A partir de una presunta glomerunefritis, de incierta antigüedad, se desarrolla una más o menos típica sintomatología. En palabras del autor citado: “Fiebre intensa, cefaleas, etapas alternantes de lucidez y obnubilación y trastornos gástricos conformaban un cuadro de uremia, probable causa de su muerte. Es lícito pensar, que la hipertensión, pudo haber dañado la estructura de aquel hombre sometido a continuos impactos emocionales, en las jugadas del ajedrez político que absorbió sus vivencias”.

Adolfo Alsina cae doblegado por la enfermedad renal en momentos que en un futuro muy próximo sería el candidato más probable a ocupar la presidencia de la Nación. En dos oportunidades había declinado ir a la confrontación electoral en beneficio de otros candidatos. Su nombre será recordado por su famosa zanja, o por ser campanillero del senado, al decir de Sarmiento, o por fundador del Partido Autonomista, pero siempre se lo recordará como un gran actor de un tramo importante de nuestra historia.

 

 

Usted se encuentra aqui: HISTORIA CON OPINION, Bienvenidos!!